martes, 18 de diciembre de 2012

Angela preguntó y yo le respondo... aunque nunca lo lea.


La pregunta no me la hizo personalmente. Más bien fue una pregunta usada como recurso para cerrar un artículo periodístico y propagandístico. La hizo la periodista de La Nación, Angela Avalos, el domingo pasado en la Revista Dominical (16 de diciembre, pág. 45).

En una nota que entituló “La calle transformada en urna”, esta periodista ejerce una prosa llena de juicios de valor e intenciones ideologizantes poco discretas. Y cierra con una pregunta que transcribo literalmente
"La vía de la fuerza, de la calle, del choque... ¿será la más adecuada para resolver los problemas de este país? Suya es la respuesta.
Si alguien lo lee con cuidado, es una pregunta retórica en el marco del desarrollo valorativo que hace la señora Avalos, la respuesta que se espera es, evidentemente, una de claro apoyo a quienes se oponen a cualquier manifestación en la calle por parte de colectivos sociales que recurren a este recurso.

Sin embargo, en lo esencial, la periodista pasa de largo, casi que haciendo sospechar de su rigurosidad al elaborar la nota. En ninguna parte hace, siquiera, un esfuerzo por buscar una explicación de las causas de que, en este gobierno, se haya dado la explosión de manifestaciones populares. Retomando al Informe del Estado de la Nación, también mencionado por ella, ese descontento “nunca antes visto”.

Y es sobre este elemento que le trataré de responder a Angela Avalos, aunque sé bien que no lo va a leer, salvo que las brujas hagan de mensajeras. Y empezaré por la misma pregunta que ella hace y que son coincidentes con una perspectiva de la organización política y su accionar que veo muy relacionada con las ideas de Parsons y quienes han seguido esa lógica y teoría, muy incrustada en la Ciencia Política por cierto.

Idealmente, una sociedad se organiza a partir de colectivos que acuden, metafóricamente hablando, al mercado político y entran en negociaciones buscando como lograr obtener una ventaja, un beneficio, acorde con sus necesidades. En este proceso transaccional, cada actor parte de una posición de recursos, los que actúan como moneda (otra vez no es literal) y al final el proceso ideal es aquel en que hay una relación ganar- ganar. El Estado, en este mundo ideal, regula y administra para evitar que haya perdedores netos. Quienes no se acomodan o aceptan estas reglas de juego, son desviados sociales a quienes se debe corregir y encauzar de nuevo en el camino correcto. No extraña pues que muchas veces la Sociología y otras ciencias sociales sean percibidas más en una dimensión de “medicina social” o de “ingeniería social”.

Y ahí es donde está parte de la explicación, al menos para mí, en la actual coyuntura el Estado no ha cumplido ese papel de administración y contención. De entrada se sabe que los actores del entramado social no poseen el mismo capital político y económico, hay una desigualdad que casi siempre opera en contra de los sectores sociales posicionados en los sectores populares. Y si a eso le sumamos que el Estado se ha alineado de manera corporativa con los actores económicos de mayor poder y vinculados directamente con un proyecto neoliberal, se crean las condiciones para una tormenta perfecta.

Los principales reclamos de estos actores sociales, los que salen a la calle a reclamar, tienen que ver mucho con la ausencia de acción en cuanto política pública. No solo por la inacción sino también por las premisas que llevan a configurar y ejecutar políticas públicas. ¿Cómo no van a pretender que la población de Montes de Oca reclame ante el cierre de los EBAIS? ¿O qué en Grecia de Alajuela marchen pidiendo que no se corten servicios de Urgencias en el Hospital San Francisco de Asís? En ambos casos lo que dispara todo el proceso de esta política pública es uno sólo: la lógica del eficientismo económico que ha sido traído, mecánicamente, de la lógica de operación industrial.


Ante ese panorama la cuestión que se les plantea es simple, es una opción casi que dicotómica excluyente: Si no se puede dialogar con el Estado sólo queda la opción de tratar de forzarle. Y ese tratar de forzarle pasa por utilizar el recurso de salir a la calle y manifestarse. Porque Avalos de manera un poco perversa y bastante malintencionada se pregunta si serán los mismos de siempre los que se han manifestado. No sé si ella cuando fue universitaria alguna vez tomó la decisión de acompañar una marcha, pero si lo hizo bien sabe que implica sacrificios y una buena dosis de autocontrol cuando, en la calle y azuzados por medios como para el que ella trabaja, nos endilgan desde el reclamo de tinte político hasta el mero insulto.

Y no doña Angela, no son los mismos (supongo que se refiere a los otros amenazantes tradicionales de la oligarquía), hay nuevos actores. Trabajadores(as) del Poder Judicial, comunidades, pequeños empresarios del fotocopiado, mensajeros y dueños de motocicletas. Algunos ejemplos de que no solo son los mismos, sino que ahora son más.

Así, la única forma en que parece que se disminuyeran las manifestaciones y protestas populares en la calle, implicaría una voluntad desde el Estado de abrirse a tratar de reconocer que el malestar social se produce a partir de un empeoramiento de elementos de orden social que han sido fundamentales en la configuración social de este país. Pasa por mantener y profundizar un sistema de salud pública, un mejoramiento en el equipamiento e infraestructura educativa y volver a asumir prácticas de protección al ciudadano para que deje de ser un simple espectador y pueda tener capacidad de incidir en las políticas públicas de manera real. Pasa por dejar de tratar con leyes de mercado los servicios públicos y abandonar su veneración fanática a la globalización neoliberal. Si embargo, ello no parece posible, así que seguirán las manifestaciones.

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