viernes, 14 de diciembre de 2012

Calidad de la educación. ¿De qué carajos hablamos?


Los ritos decembrinos en Costa Rica son precisamente eso, ritos, porque son absolutamente predecibles en el tiempo y el contenido.

Y muchos de esos ritos se manifiestan en los medios comerciales de comunicación. Desde los lacrimosos llamados apara acordarnos de una familia en estado de pobreza, como una forma de expiar la amnesia permanente respecto a ese casi 25% de población en el mismo estado, hasta las rasgaduras de ropas ante los “fracasos en los exámenes de bachillerato”. De los últimos se derivan, sin falla, los comentarios expertos y autorizados, desde cualquier parte menos desde el campo de la Educación (profesionales, entidades formadoras y gremios) sentenciando la pésima calidad del sistema educativo. Pero, ¿de qué carajos hablan con la tan mentada calidad?

El término calidad de la educación es casi como una especie de misterio religioso. Es casi como la Santísima Trinidad, todo el mundo habla de ella, pero nadie sabe definirla adecuadamente. O al menos, para efectos del debate público, no se conoce una definición básica sobre la cual se pueda efectuar análisis con un referencial válido, al menos, en términos de ser colectivamente aceptado y (lo más) objetivamente construido. ¿Será que Weber nos puede iluminar y es necesaria una tipología de este término? ¿O más bien estamos ante un ideograma, un término que evoca más a elementos de orden ideológico?

Yo personalmente me inclino a que hay un fuerte contenido ideológico y hegemónico en el uso del término. Creo poder ver una intencionalidad, desde un círculo de intelectuales orgánicos del bloque hegemónico y una cristalización hegemónica entre amplios sectores de la sociedad.

Uno de estos esfuerzos de usar el término de la calidad de la educación, sin mayores precisiones, con intenciones hegemónicas está en una especie de sentencia repetida hasta la saciedad: Los colegios privados son mejores porque logran mejores notas y mejores promociones. Parado en la orilla positivista eso es innegable. Pero las estadísticas son constructos que no necesariamente reflejan la realidad en su complejidad profunda. Como decía no sin cierta sorna mi profesor David Delgado “los datos se pueden torturar hasta que digan lo que uno quiere”. Y esto es comprobable cuando los estadísticos que presenta el Ministerio de Educación Pública (MEP) son de orden descriptivo y no hay, al menos públicamente, una entrega de análisis de orden inferencial y correlacional, tanto en el tiempo como entre el universo de muestreo.

Por supuesto que los colegios privados, en ese indicador, poseen mejores números que los públicos. No hay lugar a dudas. Sin embargo, parece que no hay posibilidad real de ponderación entre instituciones. Los datos que presenta hoy La Nación si son vistos con detalle, levantan más preguntas que respuestas. ¿Influye la cantidad de estudiantes que presentan los exámenes de bachillerato en sus notas finales? ¿Cuanta diferencia hay en la nota del instrumento propiamente dicho, las notas de presentación y la nota final de bachillerato (1)? ¿Hay o no diferencias en las evaluaciones internas de las instituciones privadas y las públicas? ¿Hay o no prácticas de las instituciones privadas enfocadas a que sus estudiantes puedan mejorar las notas de presentación o no? ¿Qué tanto influyen los elementos de orden socio-económico en cuanto a la perspectiva que lleva un(a) estudiante al momento de presentar las pruebas de bachillerato? Unas cuantas preguntas, pero algunas surgidas de la misma experiencia que tengo como docente.

Por mi experiencia puedo decir que el número de estudiantes influye considerablemente. Normalmente los colegios privados manejan pocos(as) estudiantes y ello permite que la atención se dé más individualizada e intensiva. Y no es lo mismo tener que atender a 125 estudiantes que a 25. Personalmente conozco de ciertas estrategias usadas por colegios privados enfocadas hacia la estadística únicamente; hay colegios subvencionados (semi-privados en la jerga de sentido común) que van seleccionando a sus estudiantes. Al menos yo trabajé en uno donde si un estudiante perdía el año (en ese momento no existía el “arrastre" (2)), simplemente debía abandonar la institución. En ese año ingresaron 140 estudiantes a sétimo año y las perspectivas eran de que sólo 50 terminaran allí y presentaran bachillerato. O sea, descartaban a 90 personas (casi un 65%). En otro colegio, igualmente subvencionado, realizar algunos trabajos le permitían aumentar el promedio anual en 10 puntos (si tenía un 70 pasa a un 80), en otros existen actividades que componen hasta un 20% de la nota de las materias. Normalmente consiste en asistir a una gira y resolver una guía de estudio con preguntas tan complicadas como “Busque cinco faltas de ortografía en rótulos que vea a la orilla del camino”.

¿Más situaciones de este tipo? Con gusto. En muchas instituciones privadas y subvencionadas realizan examenes de adminisión y escogen la población. La carga académica está reducida en muchos casos, eliminando materias “especiales”. Con ello lo que buscan es dedicar más horas a las materias “académicas”; el efecto es que los docentes pueden terminar antes el programa de estudio y dedican hasta mes y medio a preparar a los(as) estudiantes para la prueba. Les adiestran para ello.

Es por eso que, mientras no ponderemos y se cumplan criterios universales, me niego a aceptar las estadísticas de aprobación y nota como un indicador válido de calidad educativa. Me niego a que se quiera comparar a un colegio en Alajuelita, con la grave problemática social que posee, con uno privado donde se pagan hasta $1 000 dólares al mes. Eso es manejo ideológico: el Estado es un chapa, sólo lo privado sirve.

Tampoco parece válido otro argumento no menos ideologizado. La culpa la tienen los(as) malos(as) docentes. Pero es que resulta que son formados(as) en las mismas instituciones, por lo que este elemento parece renquear en algo. Asimismo, las capacitaciones permanentes tampoco paracen ser un elemento determinante. En lo que sí hay una diferencia, así lo aprecio yo, es en cuanto a la cualificación que se pide en uno y otro ámbito. Lo común era que quién ejercía la docencia se le viera como una persona que debía reflexionar en torno al currículum para después ejercer la mediación y transmisión del mismo. Pero hay una dimensión, no sólo pedagógica sino también de orden económico político a considerar. Se ha comenzado a implementar un currículum que se inspira en los llamados módulos de enseñanza. Estos módulos han desplazado el carácter creativo de los(as) docentes hacia un carácter técnico.

Dado que los módulos mencionados se plasman en textos, organizados en unidades que norman todo el proceso (planificación, mediación y evaluación), no hay mayor campo a la creatividad. Y estos textos significan un movimiento de capital nada despreciable. No sólo para las empresas editoriales, también para algunos(as) funcionarios(as) del mismo MEP, involucrados(as) en dos espacios; el público, como expertos(as) que influyen y/o elaboran pruebas y programas y el privado, como dueños(as) y autores(as). Cierra este círculo las regalías (literalmente) que muchas veces se dan a profesores(as) que adoptan un cierto texto como único para su materia. El texto se convierte en un manual para resolver pruebas de bachillerato.

NOTAS
(1) El bachillerato en Costa Rica se aprueba al obtener una nota de 68,5 o más. La nota de bachillerato se calcula de la siguiente manera: Nota de bachillerato = (Nota de presentación * 0,40) + (Nota de la prueba * 0,60). Asimismo la nota de presentación se calcula sumando el promedio anual de cada materia y dividiéndola entre el total de datos sumados. Este último elementos es frágil por cuanto es reportado por las instituciones directamente y puede ser objeto de falseamiento o engaño abierto.

(2) El sistema educativo en Costa Rica permite, de manera obligatoria para el sector público y optativa para el privado, que si un(a) estudiante aplaza una materia o más, pueda matricular el nivel siguiente, pero cursando las materias aplazadas en el nivel que corresponda. Por ejemplo, si una persona en décimo año no aprueba matemáticas, puede matricular undécimo año y cursar todas las materias excepto matemáticas. Popularmente a eso se le llama "arrastre".

2 comentarios:

  1. De qué carajo hablamos
    y de la linda calidad de su blog madriguera de topo

    ¿usté no tiene nada que ver con el Topo de Teleguía de la nación?

    si le gustan los güevos de tortuga lo invito a que se venga a mi blog.

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    Respuestas
    1. Absolutamente nada que ver, en realidad está más inspirado en esa figura metafórica que recoge la cita Bensaid que incluyo en la página de entrada.

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