lunes, 24 de diciembre de 2012

La generación Y o como los hijos se comen a su padre.


Cada día me convenzo más que para entender las modificaciones en el modo de acumulación del capitalismo hay que tratar de entender cuál es el hombre colectivo que pretende crear, usando la categoría gramsciana (por eso me excuso de no usar un lenguaje más inclusivo, pero no quiero crear ambigüedades y que se vaya a pensar que yo me la inventé).

Ese hombre colectivo es el ideal de persona hegemonizada, aquella que ha asumido los valores y hechos relevantes, según la clase dominante, como algo natural y, por tanto, no implica una amenaza al mantenimiento de las condiciones necesarias para que continúe el accionar del modo de acumulación. Es la creación de un consenso de los sectores subordinados en torno a los intereses de los sectores hegemónicos.

En La Nación de hoy, hacia el final de los avisos económicos, aparece una nota referente a un estudio, efectuado por una transnacional de la gestión del recurso humano, en la que determinan que los valores y actitudes de los(as) trabajadores(as) difieren según sea la generación a la que pertenecen. No sé el rigor científico que exista en la construcción de las mismas, pero igual las usan. Hablan de que en este momento conviven cuatro generaciones: la tradicionalista (nacidos antes de 1946), la “baby boomer” (1946-1964), la generación X (1965-1977) y la generación Y (1977-1997). Especialmente se centran en describir como la primera y la última son, según sus conclusiones, antagónicas.

La tradicionalista acepta la autoridad en el trabajo, colaborativa y propensa a buscar metas en común; la generación Y es lo contrario: individualista, insumisa ante la autoridad y poco propensa (reacia fue mi lectura) al trabajo en equipo. Terminan llamando la atención que esta situación es peligrosa para las empresas porque crea conflictos que afectan el desempeño. La solución propuesta es poco menos que cosmética: convivios, dinámicas, nuevos liderazgos, blablabla propia de los manuales tipo ¿Quién se robó mi queso?, y similares.

Lo que no ven quienes realizan este estudio, o no lo quieren decir (más lo primero que lo segundo), es que estos valores, ese hombre colectivo, responde a un momento del despliegue del capitalismo como modo de producción que se manifiesta, a su vez, en una cierta manera de acumulación. Porque no ha sido siempre la misma, de lo contrario, deberíamos despreciar prácticamente toda la historia desde 1914 hasta nuestros días. Para estos gurús del recurso humano, Hobsbawm simplemente debe ser el nombre de un delantero de algún equipo de segunda división alemán.

Lo que son incapaces de reconocer es que esta generación Y simplemente es el producto de la misma dinámica del capitalismo. El triunfo (aparente apunto yo) del sistema no lo es tal, y están siendo víctimas de su propio “éxito”. ¡Cuánta razón tenía aquel alemán de Tréveris cuando sentenció que el capitalismo es su propio sepulturero! Ahora en que la colaboración y la interconexión es casi que un requisito de la globalización, considerando que hay una deslocalización física de la producción y las actividades de soporte anexas; ahora que con el advenimiento de las TIC se ha eliminado el factor temporal en la capacidad de realizar acciones colectivas a través del planeta, se ha llevado la individualidad a un extremo tal que esto es visto como algo negativo.

Desde aquí se pueden derivar lecturas interesantes, creo yo. Por un lado está la cuestión del empredurismo, como un valor máximo que se pretende instaurar en la mentalidad colectiva. Es la exaltación del esfuerzo estrictamente individual y en el que el éxito sirve solo para quien tiene las “agallas” de hacer lo que haya que hacer para lograr ganancias. Atrás quedaron los valores del, por ejemplo, cooperativismo como una forma de lograr el éxito de manera colectiva.

Por otro lado está las repercusiones en lo político. La conclusión más obvia sería que desde esta arista se puede entender mucho del sentimiento antipolítica y antipartido que impera hoy en día. ¿Como pretender que se involucren a esfuerzos y organizaciones que aplean, precisamente, a un accionar colectivo y con la búsqueda de alcanzar metas en común? Salvo que ello permita el éxito personal, no parece ser compatible esa nueva moral con la acción política... ¿no estará por acá la razón de que cada vez más se den actos de corrupción en la actividad pública?

Y quienes siendo jóvenes se han involucrado en lo político, logran romper con esa visión individualista y personalista, pero mantienen arraigado, en muchos casos, un rechazo a lo que se llama en el artículo “respeto a la autoridad”. No es que ser insumiso ante una jerarquía despótica y autoritaria sea malo, por el contrario, pero no aceptar ninguna jerarquía, eso es otra cosa. Y pasa mucho actualmente. No hay nada más simpático que asistir a una reunión, las ahora llamadas “asambleas horizontale”. Horizontales no tanto por la incapacidad de llegar a acuerdos consensuados, sino porque hay que acostarse a esperar que se pongan de acuerdo en como ponerse de acuerdo.

Parece un poco el mito de Cronos, pero al revés. Cronos se hacía una merienda de sus hijos conforme iban naciendo, ahora son los hijos los que se están devorando al padre. La cuestión es, ¿marcará esto una agudización de la crisis civilizatoria o, para asumir el tono mesiánico de estos días, abrirá la perspectiva de una nueva forma de convivencia social? Yo personalmente veo más factible lo primero, aunque no hay que perder la esperanza de lo segundo.

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