lunes, 28 de enero de 2013

El bipartidismo como determinante de los no-tables.

Como el dios Jano, el bipartidis-
mo deseado son dos caras de lo
mismo.

En un túnel anterior tratamos de cavar en la dirección de analizar las características de los actores que participaron en la redacción del llamado Informe para la Gobernabilidad Democrática, mal llamada comisión de notables (¿quienes no cumplan con su perfil no son notables?). Otra dimensión sería tratar de analizar el sentido global del informe, más que centrarse en las propuestas concretas, algunas imaginativas y otras francamente simples y llanas ocurrencias.

A mi modo de ver, la intención final que subyace en esta propuesta es la de revivir el bipartidismo, no tanto en cuanto a su conformación como lo conocimos en los ochentas y noventas, pero sí que permita un manejo del Estado basada en consensos de dos fuerzas políticas coincidentes en su proyecto histórico y con vínculos comunes en el ámbito económico.

En un pasquín llamado El Venezolano Costa Rica, que se distribuye gratuitamente en centros comerciales de afluencia común para los estratos de mayor poder adquisitivo, en su edición del 15 al 24 de enero del año en curso, entrevistaron al expresidente Miguel Angel Rodríguez. Cuando le preguntan el porqué, según unas declaraciones previas, es que en Costa Rica no se realizan obras de infraestructura de manera rápida, responde sin rodeos: “Una de las razones principales es que se acabó el bipartidismo. Ese modelo permitía que el gobierno tomara decisiones y la oposición ejerciera su papel de control y fiscalización. Se pagaba un costo político pero se permitía trabajar.”
El expresidente Rodríguez, sin rodeos,
lo expresa en una entrevista, el proble-
ma es que se acabó el bipartidismo. De
ahí, la solución, para ellos, es revivirlo.

Ese es el quid del asunto. Se supone que las elecciones permiten que se exprese la voluntad popular, eligiendo la conformación de la Asamblea Legislativa. Pero cuando esa voluntad popular se expresa a través de una conformación multipartidista, en la que no hay dos fuerzas que hegemonicen las tomas de decisiones, entonces se señala con el dedo eso como un error. Pero en el fondo, sin querer queriendo como decía el Chavo del Ocho, lo que hacen es criticar como origen del mal lo que se posiciona como el valor político supremo, el mismo sistema democrático electoral liberal.

Se entra en una contradicción política que es bien jodida en como tratar de resolverla. Por un lado no pueden abandonar el apoyo al sistema electoral, ya que constituye el núcleo duro del discurso hegemónico sobre el que se basa buena parte del consenso logrado, amén de que es el mecanismo (en lo fundamental sin entrar en cuestiones de forma) en que se fundamenta cualquier democracia, así sin adjetivos. Y por otro lado, hay una urgencia de quitar de por medio las expresiones políticas que acceden, por voluntad del electorado, a la Asamblea Legislativa.

Primer paso, la exclusión en el discurso.

Lo primero que se puede observar es un ataque a la institución misma de la Asamblea Legislativa. Parten de una premisa bastante curiosa, y que algunas personas hemos dado en llamar la estrategia de “matar el perro para quitarle las pulgas”. Se acusa al Congreso de ser ineficiente, poco productivo, con diputados(as) que no sirven para nada. Pero al efectuar estos ataques de manera general, se termina creando una representación social que ya ha calado: la Asamblea Legislativa no sirve para nada y sus diputados(as) son poco menos que parásitos de la sociedad.

Poco ayuda que una diputada
caiga en la tentación de la fama
efímera que da la prensa rosa.
Por supuesto que buena parte del accionar de muchos(as) diputados(as) ha ayudado en ese sentido. Aún me ruborizo al pensar como una diputada joven, en ese momento del PAC, posó bastante sexy en la Sala de Beneméritos y su exposición pública osciló, en los cuatro años de su legislatura, entre su escasa labor parlamentaria y su abundante actividad en el plano sentimental y fiestero (incluido un affaire con otro diputado, que involucró dimes y diretes en la prensa rosa).

O bien piezas de oratoria en el plenario, de parte de un diputado del PLN, en que acuñó un término bastante folclórico para tratar de justificar una supuesta declaración misógina de un colega, con serias sospechas de mucha gente de que había una cierta exaltación espirituosa de por medio. Y para cerrar el mostrario, ver a un diputado que abandonando la curul y el púlpito, decide practicar sus habilidades de escalador en el Monumento Nacional.
Y tampoco ayuda que se practique al-
pinismo en estatuas y monumentos. 

Sin embargo, estas muestras de poca ubicación, de mala concepción de lo que en el fondo es un(a) congresista, no son culpa de la Asamblea Nacional. En primera instancia, lo debería ser de las personas mismas, honestamente hay quienes se transmutan cuando reciben poder. En un segundo plano, los partidos políticos por haberlos promovido a estos puestos de elección. Esta es una buena pregunta para una investigación: ¿Qué factores son los que operan en los partidos al momento de elegir sus candidaturas a la Asamblea Legislativa? Y en última instancia, del electorado, ya que al votar por esos partidos, asumen una responsabilidad al delegarles su representación. ¿Qué culpa tiene la institución política legislativa de ello? Ninguna, salvo que existieran mecanismos en los que los mismos electores que pusieron a esas fichas ahí, tuvieran la capacidad de quitarles.

Se olvida, a su vez, que hay asambleístas que son responsables y tratan de ejecutar su labor en el marco de un deber ser, acorde con la reglamentación vigente y sus referentes de orden doctrinal-ideológico y de su partido. Pero al estar rodeados de los otros, quedan jodidos. Al decir popular urbano: prenden el abanico y se pringa a todo el mundo. Así, de pronto el bloque hegemónico se da cuenta de que la venada les salió careta; la población comienza a apoyar cada vez menos la democracia, dicho en términos inversos, apoyar cada vez más opciones no democráticas, al menos, en los términos en que se define democracia desde lo hegemónico. Opciones no democráticas que se traducen en autoritarias, más que en formas diferentes de democracia como alternativa a la democracia liberal electoral (ahora sí, con adjetivos).
El problema es que el discurso de "todos los diputados son
malos"
embarra a quienes llegan a tratar de ser consecuentes
con el deber ser de un diputado y de coherencia con su refe-
rente ideológico, como es el caso de José María Villalta.

Segundo paso, salvar los muebles.

Llegado este punto, surge la ingobernabilidad como el problema a resolver. Señalado cual es, a su modo de ver, el problema principal y las causas del mismo (fundamentalmente, un parlamente pluripartidista además de otras causas), deben plantearse soluciones que permitan salvar los muebles de la inundación que podrían causar al debilitar los diques que, al final de cuentas, ellos mismos ayudaron a debilitar.

Y aquí surgen los 6 caballeros de la gobernabilidad, la legión de los notables, que acuden a salvar la cosa. Y es cuando proponen una serie de acciones que si bien en principio buscan hacer más eficiente el funcionamiento de las relaciones entre poderes, en el fondo lo que buscan es, a mi modo de entender, validar la necesidad de volver al bipartidismo formal y el monopartidismo fundamental.

Sanciones y disoluciones, un equilibrio de guerra fría.

Este parece ser el equilibrio que buscan
en el informe de los seis, "si me jodes...
te jodo".
Ellos (porque recuerden que para ser notable hay que ser hombre y mayor de cincuenta años), proponen que la Asamblea Legislativa tenga capacidad de poder censurar, con carácter revocatorio, al gabinete como un todo o un(a) ministro(a) en particular, si se considera que no existe una adecuada gestión. Hasta ahí, lógico y esperable en lo que le toca a la Asamblea Legislativa en cuanto a efectuar control político. Pero, para buscar un “equilibrio”, surge un mecanismo de venganza legitimada; se le podría facultar a la presidencia para que, a su vez, pueda disolver el Congreso y llamar a elecciones. Esto es lo más parecido a la disuación atómica que uno se pueda imaginar: si me jodes, te jodo. Así, ¿se jugaría el chance un partido con poca representación, con limitada capacidad de figurar en el mercado electoral liberal, de participar en elecciones por hacer uso de su potestad de control político? Y si se cuajara el esperado bipartidismo, ¿tendría sentido romper el equilibrio y jugarse el chance de una reconfiguración a medio período?

Otra recomendación, poco promocionada por cierto, es la de que si el Ejecutivo considera que la Asamblea Legislativa no está haciendo bien su función (¿contra que parámetros por cierto?), se pueda disolver y reconformarlo. Igual, volvemos a poner una espada de Damócles que ataría al Congreso, sobre todo aquellas fracciones pequeñas y cuyo único objetivo es llegar al Congreso y ahí se les agota su proyecto político. La única figura que es intocable, en todo esto, es la presidencia, lo que no deja de tener un tufillo autoritario. ¿No sería mejor incluir la posibilidad de un referéndum revocatorio, uno por período como máximo, bajo ciertos parámetros específicos?

Torturando los números.

Malabarismos estadísticos para
mantener las formas y lograr los
objetivos de revivir el bipartidis-
mo.
La otra propuesta, que parece ser una solución que comprometa no bajarle el prestigio a las elecciones y a su vez eliminar el factor de manifestación del multipartidismo en el parlamento, es acomodar el sistema de tal manera que no haya posibilidad de acceder al congreso a partidos no mayoritarios. Y lo hacen por la vía de proponer la creación de distritos electorales. Esto se justifica en el tanto se dice que hay sectores geográficos con poca o ninguna representación y que, por lo tanto, hay que garantizarles una representación. De fondo lo que hay es la aceptación de que en Costa Rica el localismo es más fuerte que la visión general de país. ¿Porqué un(a) diputado(a) no puede “defender” los intereses de los cantones rurales de San José por no haber sido elegido por ellos? La Constitucipon habla de que los diputados son de la Nación, por tanto, quien acceda a una curul debe entrar con esa visión, y no con la de convertirse en un super regidor, como hasta ahora lo han hecho.

Además, dependiendo de como se conformen los distritos, la experiencia es que los partidos que no obtienen una votación que se ubique en los dos primeros totales, quedan excluidos de participar en el congreso, o bien, lo hacen en una proporción que no se corresponde con la proporción de la votación obtenida. Un caso extremo es el de Chile, en donde el Partido Comunista obtiene entre un 6 y un 7% de la votación, pero por sí mismo no logra obtener diputados(as), salvo que participe en alianza con el Partido Socialista. Simplemente porque en Chile se eligen dos diputados por distrito, y el PC casi siempre logra el tercer lugar. En España es similar con Izquierda Unida, donde obtener votaciones cercanas al 10% no representó el 10% de las diputaciones en el Congreso de los Diputados.


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