jueves, 27 de junio de 2013

Por la boca muere el pez... y Laura también

A veces me parece poco creíble que Laura Chinchilla tenga un título en Ciencias Políticas. Es como un motivo de duda que siquiera forme parte de ese colectivo de profesionales, muchos(as) de los que me precio llamarles amigos(as).

Claro está que en cualquier disciplina de las Ciencias Sociales existen diferentes formas de abordar la realidad, pero no sé a cual pertenecerá o se adscribirá Chinchilla. Porque ha demostrado una incapacidad de manejo discursivo que raya más en la negligencia que en la impericia.

Dudé si escoger el primer término o el segundo. Pero me decidí por negligencia, sobre todo porque no creo que no tenga los elementos necesarios como para pensar en una falta de habilidad (al fin y al cabo si llegó donde llegó por algo será). Lo que sí es meridianamente claro es su falta de cuidado en el uso del discurso como forma de ejercicio del poder.

Son muchísimos los ejemplos que a lo largo de estos más
Dos elementos son destacables de la jornada
del 25 de junio. La multiplicidad de demandas
y la descentralización de la movilización.
de tres años se podrían presentar. Pero en esta semana han habido tres casos en los que se podría demostrar. Dos de ellos se dan como reacción a la movilización del 25 de junio, una movilización que sacó a la calle a miles de costarricenses para manifestar su descontento, en términos generales, con su accionar. Casi que fue un “quéjese en la calle”. Ella, en vez de tratar de calmar las aguas, más bien las agita.

El mismo día de la marcha escribe en su red social una frase que más o menos decía que felicitaba a los buenos costarricenses que no habían ido a la huelga. ¡Muy bien presidenta! En un país en que se está radicalizando la población políticamente involucrada, Usted la ha alejado más una de la otra. Con esa idea, no sé si de su propia pluma o de alguna asesoría en comunicación que han contratado en Zapote últimamente, divide a los(as) empleados(as) del Estado, en principio, y a la ciudadanía en último término en buenos y malos. Claro está, si no fue a la huelga (por las razones que fuera) es alguien bueno; si ejerció su derecho a manifestarse, es malo.

Dividir a la población en buena (si me apoyan)
y mala (si no me apoyan) la deja con un mal
talante democrático.
No importa que se esté o no ejerciendo un derecho democrático. Lo que importa es si se está en contra o no de la presidencia. Si estás contra mí eres malo, enemigo. Por tanto, ¿será válido que se le ataque a esa “facción maligna”? Si alguien tenía sus dudas de la impronta autoritaria, bueno, que vaya disipando esas nubes dubitativas. El fascismo se inventó una máxima trágica: El Estado lo es todo. Ojalá y no sea que por ahí va la lógica que está sosteniendo este tipo de manifestaciones.

Al día siguiente, los periódicos reseñan una frase que terminó de enardecer los ánimos. Manifiesta la presidenta que “Los empleados públicos no son pobres”. Una frase que efectivamente puede ser cierta si se analiza desde elementos de orden sociológico objetivos. Si se define que un pobre es quien tiene ciertas características de ingresos por día, acceso a servicios de seguridad social y educación pública, por ejemplo, es muy probable que, efectivamente, no haya pobres.

Pero si se toma en consideración elementos de orden psicológico y culturales, una vez más la pifió. En las representaciones sociales que posee la población (esto lo propongo como una presunción), si no se es pobre, se es rico. Y si bien muchos(as) empleados(as) públicos(as) tal vez se ubiquen en los estratos medios de la estructura social, tampoco por ello se van a sentir ricos; máxime cuando las investigaciones han demostrado que en los últimos años hay un estancamiento o, incluso, una movilidad hacia abajo. Son otros los sectores que se han movido hacia arriba, y no están vinculados precisamente, con el empleo público. Podría leerse a Pérez Sáenz.

Para terminar de cargársela, resulta que la ARESEP pasa
La marcha atrás de la dismi-
nución del precio de combus-
tibles, achacándole la causa a
errores técnicos y obviando la
presión que ejercieron los due-
ños de las gasolineras fue la
guinda en el pastel de la semana.
de decretar una disminución del precio de los combustibles, en promedio de cuatro colones por litro a un aumento de 9 colones por litro. ¿Cómo se explica ese cambio de criterio? Igual que como se ha explicado mucho de lo que ha pasado en el pasado trienio, le echan la culpa al "descuido" de técnicos medios de la institución. Por supuesto, la responsabilidad política pasa a segundo plano. Sin embargo, los elementos de discurso que llegaron a esa desinflada población que veía un pequeño desahogo del bolsillo, son otros. La principal presión para revertir la situación vino de los dueños de las estaciones de servicio, alegaban que esa disminución implicaría una caída en sus ganancias (margen de comercialización era el término usado). Nunca hablaron de que sus ganancias fueran cero, o que no podrían cubrir los costos fijos de operación. Se trataba de ganar menos.


La población no va a entender que se le haya dado la espalda en este caso (una vez más). Es algo así como fusilar al cocinero de un batallón por los errores que cometió el general al plantear la batalla.

1 comentario:

  1. También yo puse entrada nueva sobre
    DIEZ RAZONES PARA HACER EL AMOR MÁS VECES
    ojalá vengan a enterarse a mi blog.
    Gracias. Atentamente, Carmen Fernández.

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